52 años de conflicto vasco: una historia cultural

captura comunicado

Fotograma del comunicado del cese de la lucha armada de la banda terrorista, disponible en la web de RTVE.

 

Por Alaia Rotaeche (@aL_rc)

El 20 de octubre de 2011, la página web del diario Gara, así como las de la BBC y el New York Times, amanecía con un comunicado histórico, en vídeo y texto, que comenzaba así: “Euskadi ta Askatasuna, organización socialista revolucionaria vasca de liberación nacional, desea mediante esta declaración dar a conocer su decisión”. Durante los más de 40 años de conflicto vasco España ya había asistido a varios comunicados de la organización terrorista y la escenificación de los mismos ya estaba en el imaginario colectivo. Pero esta vez fue la definitiva: ETA declaraba el cese definitivo de su lucha armada y apelaba a “la resolución de las consecuencias del conflicto”, esto es, a la situación de sus presos.

Cuando se habla del “conflicto vasco”, como se le ha designado comúnmente, se olvida con frecuencia hablar de la sociedad vasca. Se menciona al Gobierno vasco, a las fuerzas políticas vascas, a los dirigentes de la banda terrorista o al Gobierno español, se siguen con detalle sus trayectorias y se analiza pormenorizadamente cada una de las declaraciones y apariciones públicas de sus representantes, como es lógico. Pero no suelen existir amplias referencias al conjunto de la sociedad vasca. Y como apuntaba Mario Onaindia (ex militante de la banda, posteriormente amenazado de muerte por la misma, y primer secretario general de la formación Euskadiko Ezkerra, fallecido en 2003), antes de que existiera ETA ya había un conflicto; la aparición de la banda terrorista no es el origen.

Históricamente, los partidos políticos vascos, por su particularidad (la tradición del fuerismo y la del liberalismo, la hegemonía de la burguesía industrial, las cuestiones de la autodeterminación, la cultura y la lengua, las diferentes corrientes nacionalistas…), han sido incapaces de generar un marco auténtico de toma de decisiones, lo que dio como resultado que, para gran parte de la población, la cultura política marcara su vida, en mayor o menor grado. Es decir, la política no constituye un espacio autónomo, sino que se mezcla con la vida privada de los ciudadanos. Sin embargo, es raro que se produzcan enfrentamientos entre la gente, a excepción del fenómeno extremo de la kale borroka(lucha callejera), vinculada siempre a ETA.

Para una gran parte del pueblo vasco, la cuestión política ocupaba buena parte de su vida. Y esto era así porque la política vasca (y aún hoy), por sus rasgos particulares, busca generar un fuerte sentimiento de pertenencia basado en las cuestiones étnicas y lingüísticas. Esa es la raíz del nacionalismo de Sabino Arana, que con la cuestión del autogobierno reabierta por la derogación de las leyes de los fueros en 1876, aprovecha el momento histórico para reivindicar un nacionalismo católico, conservador, que pretende frenar los supuestos riesgos de la industrialización de entonces y que trata de preservar la identidad vasca de la modernización. El nacionalismo aranista representa una novedad frente al tradicional anterior: la fobia respecto a España y a las ideas liberales.

NACIONALISMO CONSERVADOR, NACIONALISMO RADICAL

Progresivamente, el PNV monopolizará el proceso autonómico, el problema político más importante, y las ideas nacionalistas, con una actitud casi de “partido único”: “El partido se dedica a construir la comunidad nacionalista en la sociedad civil”, apunta Onaindia en su libro Guía para orientarse en el laberinto vasco.

Pero en los años 60 surge un nuevo nacionalismo vasco, unido a la lucha contra el régimen; un nacionalismo de izquierdas, laico, influido por otras ideas más europeas y auspiciado por otros movimientos sociales, también de resistencia al régimen; un nacionalismo que se dará en llamar “radical”. En ese ambiente, y como consecuencia de todas esas transformaciones, y también de un importante relevo generacional, surge Euskadi ta Askatasuna (Euskadi y Libertad), ETA, en el año 1959.

“Empezamos por lo cultural (…), el enemigo reacciona desproporcionadamente, y eso nos obligó a pasar a la etapa política. La tortura, los interrogatorios… nos llevaron a pasar a la última fase: la militar”, cuenta Julen Madariaga, uno de los fundadores de la banda e histórico dirigente, en la película documental de Julio Medem La pelota vasca: la piel contra la piedra. En ese momento, en el comienzo de su actividad armada (eufemismos que hemos heredado de la cobertura mediática tradicional), el brazo militar estaba supeditado a las órdenes de la cabeza política, y no al revés, como sucedería después, en las etapas de mayor recrudecimiento, cuando “había que matar” cuanto más mejor, como señalaba el arrepentido Iñaki Rekarte.

Este nuevo nacionalismo, representado primero por EKIN, una organización formada por estudiantes que no se sentían identificados con las posturas del PNV, y después por ETA, gozó de un amplio apoyo entre intelectuales, estudiantes, artistas… jóvenes en su mayoría que buscaban una forma de resistencia contra la dictadura y una forma de lucha por los derechos que pertenecían al pueblo vasco, sin apelar a ideas anteriores y que ellos consideraban arcaicas, como las del llamado liberalismo fuerista.

La ETA de principios de los 60 se benefició de que el PNV no concedía importancia a cuestiones que preocupaban a los jóvenes, como el afán por conservar y practicar el euskera (mediante el enaltecimiento de poetas y escritores que escribían en el idioma euskaldun, por ejemplo); y, lo que es más importante para comprender la situación, esto preocupaba tanto a jóvenes de familias nacionalistas como  de tradición no nacionalista o incluso españolista. Muchos de estos grupos se aglutinaron en torno a ETA, al menos en sus inicios y en lo referente a sus bases ideológicas.

Se toman sobre todo como referencia las ideas de Txillardegi, uno de los fundadores de la organización, y de  Krutwig, autor de Vasconia, que en esos primeros años se convertiría en el libro de cabecera de los militantes de la banda. El primero abogaba por la centralidad del euskera como elemento característico del pueblo vasco y consideraba todo lo español como la antítesis, algo excluyente, de lo vasco. Cualquier influencia externa era una amenaza. Krutwig, por su parte, defendía un nacionalismo basado en la cuestión de la raza. Pero la  mayor parte de los militantes de ETA no eran tan radicales en sus posturas; se centraban básicamente en la defensa de la lengua y de su cultura, reprimida tras muchos años de dictadura.

EL ATRACTIVO DE LA VIOLENCIA COMO IDEAL DE REVOLUCIÓN

Sin embargo, la violencia comenzaba a ejercer una fascinación cada vez mayor entre los militantes de ETA y la crudeza de la represión policial también hizo su parte. Y en 1968 cometen su primer asesinato. Inspirados por los sandinistas, los tupamaros, el Vietcong, veían en la violencia el medio idóneo para la consecución de sus objetivos. La sociedad los apoyaba, reprimida por un régimen que veía en cualquier manifestación de la cultura vasca una amenaza. En ese momento, como señala el periodista Iñaki Gabilondo en el documental de Medem, la sociedad acepta que, puesto que hay unos problemas políticos, eso justifica el uso de la violencia.

portada

Portada El País 13/7/97

Existe un punto de inflexión que la mayoría de los expertos y periodistas han coincidido en destacar: el asesinato de Miguel Ángel Blanco en 1997. Antes de eso, la sociedad vasca ya se había ido poniendo progresivamente en contra de la violencia ejercida, que no parecía parar nunca; prácticamente todos en el País Vasco tenían algún conocido, amigo o familiar con una desgracia en el seno de su familia. Pero fue el asesinato del joven concejal lo que desató oleadas de concentraciones por la paz y manifestaciones de rechazo a la violencia.

Portadas: DEIA y ABC. Fuente: Lahemerotecadelbuitre.

Portadas: DEIA y ABC. Fuente: Lahemerotecadelbuitre.

 

Sin embargo, en el momento en que ETA mataba y amenazaba a más gente, a mediados de los 70, el Gobierno central recortó autonomía mediante la LOAPA. Para muchos sectores, significó un modo de legitimación de la actividad de la banda.

Un salto en el tiempo: ETA rompe el llamado “proceso de paz” de 2006, durante el Gobierno de Rodríguez Zapatero. Los esfuerzos del presidente y del entonces ministro del Interior, Rubalcaba (nunca reconocidos, ni aún hoy, por el Partido Popular) parecían haber dado sus frutos y ETA había emitido un comunicado declarando la tregua, hasta el atentado de la T4 de Barajas. El rechazo de la sociedad hacia una violencia no entendida, que había dejado hacía mucho tiempo de estar basada en unos principios y objetivos concretos, y que, si alguna vez se entendió como “necesaria”,  en democracia no se entendía, aumentó.

Otro salto en el tiempo: el último asesinato de la banda, en 2010. Meses después, en octubre de 2011, la banda declaraba el cese de su actividad armada por rendición. La presión policial y judicial, su decadencia desde mediados de los 80 y el abierto rechazo de la sociedad hicieron insostenible su situación. No fue un abandono moral, consciente, sino provocado por las circunstancias.

Paralelamente, la situación de los presos etarras estaba a la orden del día en los medios. Se empleó como arma política y, pese a que el derecho internacional dice expresamente que un preso, sea del tipo que sea, tiene derecho a estar cerca de donde tiene establecidos sus vínculos, la justicia era y es inflexible; a finales de octubre de este año la Audiencia Nacional volvió a rechazar la petición de 20 presos etarras de acercamiento al País Vasco.

EL CÍRCULO POLÍTICO Y MEDIÁTICO

También la cuestión de las víctimas se ha politizado, hasta el punto de que Rosa Rodero, viuda de Joseba Goikoetxea, asesinado por ETA en 1993, declaraba en una entrevista en el diario Público del 15 de julio de este año: “La Asociación de Víctimas del Terrorismo tiene una gran cobertura mediática porque detrás está el PP”. Se ha transformado en un todos contra todos: víctimas que critican a aquellos que, víctimas también, han entrado en contacto con etarras arrepentidos; etarras que desprecian a los arrepentidos.

Los sucesivos desmantelamientos de la cúpula de la banda por parte de la policía española y la francesa han debilitado su estructura. El último juicio tuvo lugar el pasado 2 de noviembre en París contra Mikel Karrera Sarobe, Ata, el último general de ETA, y otros cinco etarras, un proceso que se prolongará durante un mes, según información del diario El País. Sin embargo, se estima que hay unos 200 etarras huidos, algunos de los cuales forman, según el experto francés Jean de Chalvidant, el actual núcleo duro de la banda.

Cuestiones complicadas y harto politizadas, empleadas como elemento de campaña y de manipulación, como carnaza mediática y sensiblera. Víctimas que son sólo números, ex etarras que son sólo nombres en una lista, discursos mediáticos tan cuestionados y dados la vuelta como los de Iñaki Rekarte y Maixabel Lasa, viuda de Juan Mari Jáuregui. Y una sociedad que aún sigue superando décadas de tanta violencia.

 

Para ampliar:

Historia de ETA-Crónicas (RTVE).

Guía para orientarse en el laberinto vasco, Mario Onaindia.

La diáspora vasca, José Mª Calleja.

 

Alejandro Requeijo: “La equidistancia ante el terrorismo no es una opción para el periodismo”

 

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